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Cambio de rumbo

O como mirarme al espejo una mañana y decidir que me bajo. Que sigan todos corriendo en esta carrera a ninguna parte, que yo me bajo.

Después de mucho pensar, de darle vueltas y volverme loca, creo que he tomado la segunda decisión más importante de mi vida. La primera, claro está, fue tener hijos ( y hasta tres he llegado), la segunda ha sido, en el fondo, causa de ello. He decidido dejar de trabajar.

Dejar de hacerlo, se entiende, fuera de casa, de forma remunerada (si, monetariamente hablando, que esto de ser madre, está muy bien pagado con sonrisas, abrazos, amor a raudales… pero ni un euro, todo lo más, algún trapito cuando me hago más vieja), y sobretodo de forma autómata y sin sentido.

Me he cansado de vivir subida a los patines para llegar más rápido a todos lados. Al cole, a la oficina atasco mediante, a las actividades, al súper y a la mercería o la papelería. Me he cansado de estar con la cabeza en tres sitios a un tiempo y no tener ninguno de ellos atendido al cien por cien. Me he cansado de ser una víctima más de esta sociedad que nos ha hecho creer que somos superwoman y que podemos ser madres maravillosas y atentas que superbien alimentan a sus hijos, trabajadoras incansables que no ponen ni media pega a quedarse un rato más en el curro si es necesario para no parecer la débil, la floja, para no darle la razón a la Sra. Oriol, amas de casa cuyo salón sea la portada de la revista El Mueble y por supuesto, esposas amantísimas, amigas confidentes, hiijas abnegadas…. Sin olvidar cuidar nuestro cuerpo con un par de sesiones semanales de algún deporte, más las horas de peluquería para tapar estas canas que desde que hicieron aparición me están «quitando la vida» como dice la copla.

Y no dejes de leer, que luego te preguntan y si dices que hace meses que no lees un libro ¡te tachan de inculta! ¡Pero si me sé como funciona de pe a pa el aparato digestivo y un montón de canciones infantiles de 5 años! ¿Inculta yo?

¿Y el cine? Si, bueno, he visto Cars, Toy Story, ¡Aviones! ¡Ice Age! ¡Rio! todas, toditas, con sus secuelas ¿eh?

De modo que he decidido que me bajo como dije al principio. Porque todavía puedo recordar que a mi lo que me hace feliz son mis hijos, mi familia y con este ritmo de vida que llevaba no lo estaba disfrutando ni una milésima parte de lo que necesito en realidad.

Porque aparte de ellos, a mi me hacen feliz las cosas más absurdas de la vida. El sol por la mañana, el colacao en el bigote de mi mediano, el olor a magdalenas recién horneadas, hacer manualidades y pasear oliendo el mar que rodea mi tierra. Leer un libro en la terraza soleada a la mañana y tener flores frescas en el jarrón del salón.

Este año que acaba lo hace con un nuevo comienzo en mi vida. Empiezo de cero una nueva etapa, una en la que mi trabajo no será observado con lupa, analizado en busca del fallo ni exigido con (a veces) malos modos. Tampoco será pagado como entendemos en esta sociedad pero estoy dispuesta a renunciar a lo que el dinero aporta en cantidad para aportar yo calidad a to,do lo que haga.

Cambio de rumbo para encontrarme a mi misma un poco más.

Empezamos de nuevo

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«Una vuelta de tuerca más. Eso es lo que hay. ¿Hasta cuando seguirá habiendo rosca sobra la que girar? Siento que el tornillo se me está haciendo infinito. A ratos bien engrasado, suave. A ratos con el óxido y la herrumbre dificultando el giro y haciéndolo agrio y doloroso.
Nunca me costó esfuerzo sacar la sonrisa aún cuando arreciaran el miedo, la furia o la incertidumbre. Sin embargo de un tiempo a esta parte he perdido la capacidad de sonreír sin motivo.
Noto que necesito tener algo que me obligue a hacerlo. Noto que todo lo que tengo, aún no es bastante. Y no dejo de hacerlo, no, nunca podré pero la sonrisa sale forzada, torcida, como una mueca vacía.»

Con estas palabras comencé hace unos meses una entrada que quedó en la bandeja de borradores por miedo a acabar diciendo cosas de las que yo misma no quería ser consciente. Hoy retomo esta entrada para contarme, para contarte, que al fin el tornillo se partió. Que la rosca interminable no lo era y que si, que al fin parece que la sonrisa vuelve a florecer en este final de verano como hacía tiempo que no ocurría.

Bien dicen aquello de que a veces es obligado tocar fondo para coger el impulso necesario, quizás en el último momento, cuando todo parece perdido para volver, de una patada en el suelo, a la superficie. Allí donde vuelve a haber aire puro y limpio. Allí donde te reconoces en tu piel después de haberla perdido a jirones en las batallas más absurdas en las que jamás debiste meterte.

Pues ya está hecho, tocado el fondo y visto lo que no quiero en mi vida, lo que merezco y lo que no, he vuelto a la superficie con la mayor de las energías, sin miedo a que el cielo decida derrumbarse sobre mis espaldas. Con ganas de volver a comerme el mundo con mi sonrisa por bandera. Con ganas de que en ese mundo sigan entrando personas únicas, especiales y hermosas que hagan el camino más llevadero. Porque ya lo dijo la canción “la vida te da sorpresas…”.

!Bienvenidas sean!

!!!Empezamos de nuevo!!!

Este último año

Y luego hay días que no son un día cualquiera. Como el día de mi cumpleaños.
La semana pasada cumplí 35 años. No son muchos ni son pocos. Si veo quien soy, miro alrededor y lo pongo todo lejos, muy lejos, para ser objetiva, son los normales, e incluso no demasiados, para lo que me rodea. Y es que en estos tiempos cumplir 35 años con una familia con tres niños, un trabajo estable, un número equilibrado de posesiones materiales como un techo y un coche y un futuro medianamente halagüeño pues no es poco.
Si miro hacia adelante, hacia todo lo que la vida (espero) me tiene guardado pues son una minucia ¿no? Mi abuela cumple este año los 90, si he sacado esa longevidad me queda mucho por ver. Como soy bastante positiva (o mas bien intento serlo a pesar de cierta tendencia genética hacia lo contrario) no voy a pensar en la otra abuela que tuve que nos dejó muy pronto.
Pero más allá del mero hecho numérico de los que me han caído, este año me ha dado por pensar en otra cosa.
Hace un año, coincidiendo con mi cumpleaños (tan solo un par de días más tarde) recibí una llamada de teléfono que me cambió la vida por cuarta vez en cinco años (es lo que tiene tener tantos hijos, que te va cambiando la vida con cada nuevo retoño). Era de trabajo, un cambio de rumbo, un puesto distinto a lo que había hecho hasta la fecha y si bien no fui consciente en ese momento por las circunstancias que lo rodearon, pasados unos meses el cambio se fue haciendo más evidente.
No quiero hablar en este espacio de mi vida laboral, no es un blog de negocios, sino que, más allá de lo estrictamente profesional, me ha cambiado la vida por los momentos que he vivido y las personas que me he ido encontrando en el camino.
En este año me he visto inmersa en una vorágine de acontecimientos, propios y ajenos, que me han hecho pensar mucho en la naturaleza de las personas y en la mía en particular. Me he llevado batacazos personales y profesionales que no esperaba y que me han recordado que dentro de mi burbuja burguesa se está muy resguardada pero fuera la vida es otra cosa. He sido consciente de cómo somos capaces de adaptarnos al medio, aunque sea de lo más hostil, aún a riesgo de acabar aceptando por bueno, natural, lo que de sobra sabemos que no lo es.
He hecho amistades que jamás pensé que tendría. He conocido gente genuina y sincera y he redescubierto a otros que me habían pasado desapercibidos encontrando en ambos casos un gran apoyo, una sonrisa cálida o una mirada llena de ternura y una palabra de ánimo, a veces a kilómetros de distancia, entre tanto viento en contra. Personas sin las que ahora no me imagino mi día a día.
Pero sobretodo creo haber encontrado algo de mi misma que ni yo sabía que tenía ahí guardado. Unas ganas inmensas de comerme el mundo… Y un miedo atroz a que sea él quien me acabe devorando a mi.

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Un día cualquiera

Hoy es un día cualquiera y como cualquier día me levanto temprano, aún no ha amanecido. No me cuesta madrugar, es más, me gusta, ese ratito que transcurre desde que abro los ojos hasta que la casa se llena de ruido es uno de mis pocos momentos de tranquilidad en el día. Al menos el lunes, el martes, el miércoles; el jueves empieza a costar y el viernes es un suplicio el madrugón.
Luego llegarán el desenfreno, las carreras, los desayunos, las prisas, los uniformes, las meriendas en sus bolsitas personalizadas. El ruido. Después el tráfico y la música infantil en el coche. Niños al cole, mami a trabajar. 
Enciendo el ordenador, reviso el correo y empiezan esas ocho horas de rutina autómata; no pienso, solo actúo. Una vez acabadas recorrido a la inversa. Recojo a los niños y volvemos a esa casa que debe aburrirse un montón cuando no estamos. El devenir de la tarde oscilará de seguro entre alguna de estas opciones: entrenamientos, parque, compra de una cartulina, o dos trozos de fieltro azul o una camiseta blanca para customizar. Un breve paso por la tienda del barrio o la farmacia, y después, baño, deberes, cena, cuento… 
A esa hora del día, 14 horas después de haber puesto el primer pie en el suelo, me tientan el sofá, el libro que no termino de leer, los mails de las amigas sin responder, las llamadas a la familia… Pero antes hay que hacer otras cosas. La comida del día siguiente, la lavadora, la plancha, las manualidades a medio terminar. Cuando me quiero dar cuenta son ya las tantas, mi marido y yo apenas nos hemos dirigido la palabra mas que para darnos recados en versión exprés durante el día y, de camino a la cama, libro en mano, pienso que esta noche tampoco lo acabaré si quiero al menos por un instante sentirme algo más que una acelerada mamá. Total, ya casi no me acuerdo de por donde iba la historia de ese reino portugués, será mejor dejarlo para el verano y empezarlo de nuevo.
Y así un día detrás de otro, una semana detrás de otra, un mes tras otro.
Instantes antes de que el sueño me venza mi cabeza se va, y vuela por otros mundos y se imagina otra vida. Y al regresar a la tierra, a mi dormitorio, a mi cama, a la mujer que esta metida en mi pijama, me siento mal por desear por unos instantes vivir una vida distinta de la mía. De esa que soñé, deseé y planifiqué. Esa que ahora tengo y que, como le pasa a un crío caprichoso con el juguete viejo, a veces, solo a veces, me aburre. 
Por suerte, estaré tan cansada que ese breve sentimiento de culpa no logrará desvelarme. Tras apenas 6 horas (con suerte) volverá a sonar el despertador, no ha amanecido, pongo un pie en el suelo, la casa en silencio, y empieza otro día.

Hace tiempo ya

No se cuando empecé a escribir las cosas que se me pasaban por la cabeza y no podía compartir con nadie. Ni siquiera sé si también eso de pensar demasiado tiene fecha de inicio o es algo inherente a mi. 
Lo que sí recuerdo perfectamente es mi primera adolescencia y aquellos diarios que no me duraban dos asaltos. Luego, en la segunda, cuando cada vez las cosas que contar eran más intensas, cuando la mujer que soy hoy, con sus miedos y sus mil vueltas empezaba a aflorar, los diarios eran una auténtica aventura vital. Escribir a medias, usando iniciales y palabras clave por si lo pillaba alguna mano indiscreta. Pero no, nunca ocurrió. Nadie violentó jamás la intimidad que alcanzaba con el papel.
A veces necesitaba llorar y escribía lo que me angustiaba. Otras veces estaba enfadada y no había otra forma de aplacar mi ira que volcar en el papel mis emociones. Las más, pensaba, pensaba y no paraba de pensar y allí estaba siempre el papel para aguantar todo lo que yo quisiera echarle. 
Han pasado los años y los diarios en papel que se guardaban bajo el colchón han dejado paso a otros más sencillos de ocultar. La tecnología ha llegado a mi vida (a nuestras vidas) para poder escribir donde me venga en gana y poder llevar siempre encima lo que necesito contar. Llegados a este punto ¿por qué no compartirlo?